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La travesía del Primer representante venezolano en los Juegos Olímpicos en Londres 1948.

ciclista Julio César León

La travesía del primer representante venezolano en los Juegos Olímpicos

A bordo de la ametralladora de un bombardero de la Segunda Guerra Mundial, degustando carne de caballo y enfrentándose a la necesidad de improvisar una bandera, entre otras vivencias, se tejen innumerables anécdotas en torno a la odisea del ciclista Julio César León, quien narra sus peripecias para convertirse en el pionero atleta olímpico de Venezuela en los Juegos de Londres 1948. La siguiente es la historia que compartió con BBC Mundo.

La carencia de recursos financieros y la falta de oportunidades para asistir a los Juegos Olímpicos eran obstáculos infranqueables. La federación venezolana, renuente a cualquier iniciativa que pudiera resultar embarazosa, no respaldaba mi participación en ninguna competencia.

Mi hermano, destacado aviador, mantenía amistad con Raymond Smith, un amigo en la embajada británica. Sin saberlo, le solicité que intercediera para obtener ayuda que facilitara mi viaje a Londres.

Obtuvimos la audiencia. Allí, fui recibido por el embajador, un hombre de porte afable propio de los ingleses. Amable, pero con esa reserva característica. "¿En qué puedo ayudarle?", inquirió.

"Albergo el sueño de presentarme en sus Olimpiadas, es un anhelo personal, y deseaba saber si podría recibir algún respaldo para llegar a Londres", expresé, pensando en financiamiento, boletos, o cualquier recurso que facilitara mi presencia. El embajador se retiró a su oficina por unos minutos y regresó.


"Joven, usted irá a Londres. ¿Cuándo desea partir?"


"Cuanto antes, lo más pronto posible".


Explicó que había un avión de transporte de asuntos oficiales de la embajada, un Lancaster de la época de la invasión de Normandía, denominado por la Marina Real como el "avión lechero". Este avión actuaba como un repartidor de correspondencia.


"Bien. Nos pondremos en contacto. ¿Está satisfecho?"


"Sí, aunque lamento que mi esposa tenga que quedarse. Pero qué se le va a hacer, a veces hay que sacrificar algo".


"No, ella también puede ir si así lo desea. ¿Y necesitan que alguien más los acompañe?"


"Bueno, mi entrenador".


Con esto, concluyó la conversación. Dos días después, nos citaron en el aeropuerto de Maiquetía. Ningún representante de la federación se hizo presente. Sin embargo, algunos periodistas deportivos que confiaban en mí, como Juan Antillano Valarino y Andrés Miranda de El Universal, así como Franklin White, se sumaron al viaje.


EL VIAJE

A las seis de la mañana, hora británica, me presenté en el aeropuerto. Allí, un joven de unos 26 años, una suerte de asistente de vuelo, nos indicó: "Señor León, sígame". Nos llevó a la rampa donde se encontraba el avión. Tan emocionado estaba que me apresuré a subir, olvidando las formalidades. El asistente me corrigió: "No, primero las damas".

Así, mi esposa subió primero, seguida por el entrenador y, finalmente, yo. A ella la ubicaron cerca de los pilotos, en una silla destinada a los telegrafistas. El avión estaba repleto de cajas y correspondencia. "¿Dónde nos acomodaremos nosotros?", pensé. Nos ubicaron en los compartimentos de las ametralladoras, uno al frente y otro en la parte trasera. Así partimos.

Realizamos paradas en Trinidad, San Vicente y en todas las locaciones que los británicos tenían en el Caribe. La última parada fue en Bermuda. Este vuelo duró cuatro horas, siendo el más extenso. Llegamos enrojecidos como langostas. La cabina de las ametralladoras era una cúpula que nos exponía al sol de manera intensa.

En Bermuda, realizaron una revisión al avión. Nos dijeron que partiríamos en unas dos horas y que aprovecháramos para comer algo en las tiendas. Así lo hicimos. Al regresar a la sala de espera, nos informaron que no podríamos despegar debido al mal tiempo. Pasaron cuatro o cinco horas. Milagrosamente, el clima mejoró. El vuelo total fue de 36 horas, sumando las paradas.


LA INSCRIPCIÓN

La organización se mostraba muy colaboradora. En ese momento, fue la primera vez que vi televisión. Luego, recibimos una llamada indicándonos que lo primero que debíamos hacer era inscribirnos.

Cuando acudí al departamento encargado de organizar las carreras, me informaron: "Usted no puede competir aquí porque las autoridades de su país no le otorgan permiso".

Este fue un golpe devastador. Sentí la urgencia de llorar ante tanto esfuerzo. Me dijeron: "Llame a su país para ver si pueden solucionar este problema". Me prestaron un teléfono y llamé al doctor Julio Bustamante, presidente del Comité Olímpico Venezolano, y al secretario José Beracasa.


"Mira, Julio César, no te preocupes. En cuanto tengamos un pasaje y arreglemos los documentos, estaremos allá".


Tres días después, llegaron. Se presentaron ante las autoridades con la grata sorpresa de que trajeron a Juan Antillano Valarino, el reportero que me había despedido en el aeropuerto.

Nos presentamos ante las autoridades deportivas británicas, y el doctor Bustamante preguntó cuál era el problema.


"No puede correr porque tiene prohibición de las autoridades".


"Mire, él puede correr porque la autoridad deportiva venezolana soy yo. Soy el presidente del comité olímpico y aquí está el secretario y el comité en pleno", respondió el doctor, resolviendo así la situación.


SIN BANDERA

Como cualquier deportista concentrado en su disciplina, mi prioridad era la bicicleta, el inflador, la cadena, los tubulares, el manillar, la camiseta; honestamente, no pensé en la bandera.


Un argentino me preguntó: "¿Dónde está tu bandera?".


"¿Qué bandera?".


"Bueno, la bandera para el desfile".


Fuimos a buscar una bandera a la casa del embajador. Al llegar, nos encontramos con un hombre de uniforme.


"¿En qué puedo ayudarle?".


"Deseo hablar con el embajador, soy el representante venezolano en las Olimpiadas. Necesito una bandera nacional para el desfile inaugural".


"El lunes vaya al consulado, allí lo ayudarán".


Era jueves, y la inauguración era el sábado, si no me equivoco. Así que, desalentados, salimos a ver qué hacíamos. Tomamos el metro y fuimos pasando por estaciones: Marble Arch, Lancaster Gate, Oxford Circus, etc. Hasta que finalmente, vimos una tienda de telas.

Compramos un metro de amarillo, un metro de azul y un metro de rojo. Mi esposa cosió la bandera, utilizando un palo de escoba y un gancho en la parte superior. Esa fue la bandera con la que desfilé, solo.


ASADO ARGENTINO

Como tenía amigos en Argentina, donde conocía a varios ciclistas, decidí contactarlos. El general Perón, presidente de la República, era un ferviente defensor del deporte y envió un barco cargado de carne, queso, leche y diversos alimentos, ya que en este continente no escaseaba nada de eso.

En Londres, me vi obligado a comer carne de caballo y sardinas del Támesis. Jorge Sobrevila, a quien había vencido en Argentina, me dijo: "Mira Julio, voy a hablar con el presidente de la delegación para ver si te asigna un lugar en el barco".

Fue así como empecé a disfrutar de carne argentina, leche y queso, lo más sabroso que podía encontrar. Gracias a esto, en Londres la comida escaseaba debido a la devastación causada por la guerra. Por ello, es digno de admiración el esfuerzo de los británicos para llevar a cabo esos juegos.


LA CARRERA

En la disciplina en la que tenía más posibilidades era el kilómetro contrarreloj. Había logrado tiempos de 1'12", 1'13". Pero los días en Londres eran impredecibles, con cambios bruscos de temperatura. Esto me afectó significativamente.

El día de la competición empezó a llover y, naturalmente, las autoridades no podían proseguir con la carrera. Tuvimos que esperar a que la pista se secara. Pasaron tres horas.

De repente, nos llamaron: "Vengan a la pista". No tenía rodillo para calentar las piernas, ni podía salir a la calle porque llovía. Salí con las piernas frías, lo cual es desastroso. Logré un tiempo de 1'14". El ganador fue Dupont de Francia con 1'12"30.

También participé en la prueba de velocidad, donde el sorteo determinaba los oponentes. Tuve la mala fortuna de enfrentarme a un hombre llamado Mario Ghella, campeón italiano, mundial y olímpico. Aunque me ganó por poca distancia, quedé eliminado.





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